31 de julio de 2017

Hierba, cicatriz, espeso - Laia López Manrique

The opposite of death is desire

Tennessee Williams



Asta Nielsen en Hamlet (1921) Dir. Svend Gade


Dime si tienes hambre o tienes sed, si has cubierto tus necesidades básicas por hoy, si crees que va a llover en el patio que hay detrás de la habitación cerrada. Estás sol(…), como un perro, como Kafka dijo que murió Joseph K. “como un perro”, te gusta recordar ese sintagma porque quisieras morir como Joseph K., “como un perro”, lo repites en silencio mientras piensas en Kafka con su cuerpo endeble y subrogado, un cuerpo que no es casi cuerpo sino una suma de ristras enfermizas, restos de tejido adiposo y fibra rota a hilachas. Así imaginas a Kafka, un compuesto de tiras y lenguaje, junto a la ventana, mientras te pregunto por la posibilidad de lluvia. “¿Y qué llevas puesto?”, esa clase de preguntas serían demasiado fáciles, no es eso lo que quiero saber realmente, ni lo que tú me quieres contestar. Vamos, la lluvia podría amainar pero mi voz no, no podría dejarte, estás sujet(…) a esta voz para que se realice la operación por la cual serás transferid(…) a algún lugar más allá de la conciencia de tus límites. Y si algo es cierto es que quieres abandonar el contorno, caer fuera de ti y del archivo macerado de tus huesos, tu carne, tus órganos formados en sus distintas inflexiones. Dices que tienes sueño pero no te creo, aunque bosteces, aunque te lances hacia atrás en la silla: son solo las cuatro de la tarde, has dejado que esta voz entre, y eso significa que necesitas estar pendiente de alguien, bajo el control de alguien, a su merced. Estarás despiert(…) aunque finjas estar adormecid(…), aunque te ordene que cierres la persiana y te tiendas en el suelo boca abajo con los labios besando las baldosas y abraces sus junturas y cierres muy fuerte los párpados. Lo estás haciendo. Sientes el frío del suelo como una punción placentera. Ahora te digo: eres un esqueje, has de hincarte en la tierra, agujerearla para volver a ella. 

Y tú me crees.

Con las manos tocas el suelo como si pudieras abrirlo: lo estás abriendo, estás entrando en el pavimento. Debajo de las baldosas hay polvo pero no temes tragarlo, te cubres con él, lo extiendes sobre ti y te das lentamente, con esfuerzo, la vuelta. Ahora que te he sembrado en el suelo, dentro de la tierra, en el rellano de tu habitación oscura, abres los ojos hacia arriba y sueltas el aliento una vez, otra vez, otra vez y otra. Si respiras más rápido empezarán a rodearte las zarzas, y no hay nada que desees más que el roce de sus brotes, huraños y rasposos, contra tus piernas. Por eso respiras y respiras agitadamente, y en cada soplo avanza el follaje hasta que las zarzas circundan por completo tu cuerpo y, como plantas trepadoras, ascienden a lo largo de las extremidades y te atan hostilmente a la tierra. Así, amarrad(…)de pies y manos por las zarzas, acariciad(…)por ellas, inmóvil, empiezas a recordar aquella escena de la película que Coppola hizo a partir del Drácula de Bram Stoker en que Keanu Reeves era asediado por tres vampiras encima de una enorme cama. Eran bellas, ¿verdad?, con los colmillos largos, los pechos turgentes y el ansia de la sangre asomando en la mirada. Pero tú no, tú no vas a ser Keanu Reeves, ni las vampiras que lo rodean y le muerden, no vas a conocer el paroxismo, sino la tentativa, el conato: el placer inconcluso.

Tras las zarzas no vendrá ningún cuerpo, recuérdalo: estás sol(…), “como un perro”, indeclinablemente, sin otra compañía que la de esta voz que te cerca y te sitúa. Las plantas te presionan muy fuerte las muñecas y yo te pido que se lo agradezcas. Di “gracias” porque hay algo que te retiene y te agarra y te impide moverte. “Gracias”. Con serenidad y con firmeza. Más alto. Y ahora, más flojo. Sigue diciéndolo. “Gracias” Mirando hacia las zarzas. Sacudiendo el polvo de tus ojos. No te detengas. “Gracias por haberme hecho tirarme al suelo, gracias por haberme amarrado.” “Gracias por reducirme a ser un esqueje.” Nunca olvides que los esquejes son útiles para producir raíces, para hacer que se multipliquen las ramas. No necesitas otro cuerpo. Tú mism(…), aquí, podrás elevarte, podrás dividirte y fructificar. Ya sabes cómo funciona. Con tu materia seca y maltratada, como un mamífero que fue una vez furiosamente atacado por las pulgas y viste desde ahí sus cicatrices. Ah, la sequedad. La severa naturaleza de lo enjuto. Cuánto te gusta y cuánto te disgusta al mismo tiempo. Fronteriz(…) como eres, y manchad(…), todavía querrías volver a tocar lo vivo. Lo sé porque lo he leído en todos y cada uno de los movimientos tímidos, irresolutos que has hecho al ejecutar mis peticiones. Siempre hay la expectativa de que la puerta se abra. De que la voz deje de ser una entelequia vaporosa y tome piel y relieve, se lance sobre ti y te arranque la ropa. ¿Pero por qué debería suceder eso? Te he dicho que admitas la isolación del injerto, el tallo jactancioso que por sí solo puede hacer crecer algo. No de la nada. Sino de algo, de su propio cuerpo. Sí. Microscópica y macroscópicamente. Visible e invisible.

Probablemente hayas visto alguna vez el dibujo Mon coeur pleure d’autrefois de Fernand Khnopff. Alguna vez ese dibujo cubrió la portada de un libro de poemas. Recuérdalo atentamente. En él, una joven besa su reflejo en un espejo redondo de apariencia fantasma, que está, a su vez, diluido en un paisaje. El espejo recoge, además de la imagen de la chica, un fondo punteado y oscuro. Imagina que ese fondo soy yo. Tú eres apenas, ahora, el reflejo de la muchacha: medio rostro, en pleno proceso de concentración, dispuesto solamente a la tarea del beso. Piensa en el tacto imposible que demanda esa imagen, en su patente deseo de atravesar el cristal y tomar la superficie, la boca que es su trasunto. ¿No te parece más entregado al acto el reflejo que su dueña? Pues tú eres el reflejo, eres lo que queda atrapado. En cuanto al personaje real, más vale que lo olvides. Ahora no está aquí. Te exijo que lo separes de ti. Es verdad: quien mira el cuadro ve que del cuello de la chica se puede saltar hacia el puente, y del puente hacia el interior hueco de los edificios que la pintura insinúa. Pero tú no puedes. Porque estás encerrad(…) en el interior del espejo, y no ves nada más allá de ti. Flotante y condenad(…), “como un perro”, en ese acto de amor solícito que se concede sin poder alcanzar al otro, ni mirar siquiera lo que te queda alrededor. No preguntes por qué, ni maldigas. Pregunta más bien por qué no. El reflejo es hermoso y es único. Vive en un espacio, y eso no es poco. Lo único que necesita para existir es inclinación, perspectiva. ¿Acaso no es suficiente? Sabes que lo es. En salpicadura y en fusión consigo mismo, con sus devaneos y sus bisagras. Nunca se apaga: es imperecedero. La viva imagen del deseo, congelada en un plano.

Estoy de acuerdo contigo en que este ejercicio ha sido duro. Lo concedo. Por eso, me voy a permitir una pequeña debilidad: te confieso que llevo toda mi vida en lucha contra la idea del otro. No soporto al objeto; lo quiero desplazado, siniestro, al margen, lejano. Por eso te estoy castigando en estas escenas sucesivas, te estoy llevando al borde de su ausencia. Sin embargo, lo sé, no te molestes en decirlo: por negación o por omisión, el otro sigue existiendo, te atreverías a decir que incluso con más peso que aceptando que está presente. Lo sé, y, sin embargo, no eres tú quien habla en esta historia: soy yo. Por eso me he dado permiso para tratar de borrarlo y si ahora te contara una pequeña historia acerca de alguien que salió de casa una noche para encontrar al viento, ¿qué dirías? Pues verás, escúchame.

Alguien salió de su casa una noche para encontrar el viento. Recordó a Guy de Maupassant en El horla. Recordó a David Bowie con su voz categórica cantando Wild is the wind. Se recordó a sí mism(…) en pleno invierno, en el bosque, con el pelo revuelto girando hacia ambos lados, y una mano que estrechaba la suya con fuerza. ¿Una mano? ¿No sería más bien una garra?, se preguntó mientras cruzaba el primer semáforo, sonriendo.

Ese alguien había sido, en otro tiempo, expert(…) en cruzar los semáforos tambaleándose. A ciegas. Solía hacerlo porque era usual que se marease al intuir o sentir aproximarse a otras personas, a las que llamaba, comúnmente, “la turba”, para reducir lo múltiple a una sola, y segura, unidad. Por eso, acostumbraba a salir por la noche, cuando el peligro no iba asociado a la multitud sino a la sombra. Como Robin Vote en Nightwood. Porque de noche los otros no existen más que a retazos; de pronto se oyen cúmulos de pasos que se acercan y gritos de cinco o seis que se pierden al doblar una esquina, como un resto de sonido escapando de una cajita hermética. Y eso, desde luego, no es nada en comparación con el asalto de lo desconocido bajo el sol, que puede ser inesperadamente aberrante.

Si a ese alguien le gustaba la noche es porque durante años le fue dado el don de ocultarse tras la maleza y observar. No temía nada de esa maraña inexacta que se abre paso tras las ramas, al contrario que muchos de sus semejantes. El riesgo de la transfiguración era acogido por ese alguien con un gran entusiasmo. A veces, paseando por las calles de su ciudad, se sentía como Dorian Gray atravesando los tugurios londinenses en busca del pecado. Y pensaba en el pecado, pero no había pecado alguno. El alma de ese alguien no estaba garabateada y sucia, como la de Dorian; era neutra, batiente, como una puerta dentro de cuyo revestimiento de madera latiese un minúsculo corazón púrpura.

Pues bien, caminaba, caminaba con los pies enfundados en unos zapatos ¿viejos?, ¿sucios? o flamantes, pisaba el suelo con firmeza porque creía que se había citado con el viento, a quien aún no había tenido el privilegio de conocer. ¿Sería el viento o el señor o la señora de los vientos? No lo sabía. Pero iba a encontrarse con él al borde del mar, en un espigón de la playa donde solían sentarse los amantes o la gente sola, como ese alguien, a vaciar la mente escuchando los ecos del oleaje.

Dirás ahora que mi voz ha cambiado, que de pronto es tierna y porosa, ¿no es así? Una voz sensible, más sensible a los matices, una voz que se conduce y no te dirige. Está bien, puede que tengas razón. Si confías en mí tal vez olvides el resto: esqueje, reflejo, presa de las zarzas. Salvo que todo acabe teniendo un engarce y, una vez trabado, yo te abandone. ¿Lo temes? Todo puede suceder. Continúo.

Ese alguien llegó al espigón y detuvo sus pasos. Eran más de las doce, más de la una. Ya no había nadie allí; quedaban, más lejos, algunas personas rezagadas en la playa. Se sentó en el suelo, tiznándose de arena, y miró hacia arriba, por inercia, aunque sabía que el viento viene de todas partes. “Espera”, pensaba, con una sensación dulce en la lengua, como un ligero sabor a amontillado. La noche estaba calmada. Nada se movía; el agua corría en flujos armónicos, sin tropezar. Ese alguien se entretuvo persiguiendo las costuras de la ropa que había decidido vestir para su cita. Una ropa sobria, quizás definitiva. ¿Definitiva para qué? Para su encuentro, al que había destinado las fantasías de los últimos tiempos.

Porque ese alguien deseaba al viento. Su roce impersonal, un poco frío. Su modo de empujar los cuerpos y las telas, los objetos. Había imaginado cada sacudida, en una especie de viaje tumultuoso en el cual ese alguien, como una marioneta suspendida de los hilos, sería arrastrad (…), llevad (…) a algún lugar y a otro lugar, al fin. Al fin.

Parecía hermoso, ¿verdad? Aunque se tratara de un atentado contra la lógica. Si el viento hubiera llegado en ese momento, como si el viento pudiera llegar, ese alguien hubiera, sin duda, recordado los versos de Pessoa, es decir, de Alberto Caeiro: “solo por oír pasar el viento vale la pena haber nacido”. Tan leve. Tan piadoso. Un silbido cristalino, silbido de los cristales chocando con el propio cuerpo, la propia ¿alma? avellanada.

Pero el viento…¿llegó o no llegó? Debió llegar, aun en su forma simulada, falsa, compasiva. La forma en que las cosas se disfrazan para calmar la angustia de quien espera. Y ese alguien esperaba, esperaba. Con los versos de Caeiro, es decir, de Pessoa, preparados en la memoria. En el espigón, restringid(…) y livian(…), sin oponer resistencia, “como un perro”, exactamente igual que un perro, como murió Joseph K. Como tú querrías morir. Descampad(…) ya, ese alguien, clavándose en el suelo, percibía, muy despacio, cómo empezaba a soltarse, cómo y por qué, en su plácida crueldad, desaparece el mundo.


15 de agosto de 2016

Texto de Rosa Alcayaga Toro* para la presentación de "La extravía"

                  Blaubart, Pina Bausch

Algunas reflexiones acerca del libro "La extravía"


En el epígrafe de Margarita Yourcenar que abre este libro de cuentos LA EXTRAVÍA de NINA AVELLANEDA, se dice: no podemos construir “una” felicidad “sino sobre unos cimientos de desesperación”, felicidad que como sabemos no es un estado permanente como no lo es tampoco nada de lo humano, como bien dice ese epígrafe es “una”, no “la” felicidad en tanto algo acabado, pero esto me lleva a pensar y quiero compartir con ustedes lo que decía el premio Cervantes Francisco Umbral en su ensayo acerca del poeta español Federico García Lorca de que no hay un buen poeta sin una gran tragedia. Quizás acumulando vida. En cierta forma homologamos estas dos reflexiones puesto que de alguna manera lo dicho por Yourcenar y que NINA AVELLANEDA recoge en su texto nos está indicando cuál es el pulso de su obra. Quisiera disculparme puesto que la prosa no es mi campo específico de estudio, sino más bien, la poesía, por eso quizás no me sienta tan calificada para analizar este libro de cuentos. Entiendo, eso sí, que para NINA AVELLANEDA es importante que esté acá, a su lado, por mi interés en la literatura de mujeres y porque mi interés tiene que ver con una mirada feminista. Y hay algo más que quiero agregar siguiendo con García Lorca, puesto que este poeta es el cantor de tres grupos humanos postergados, los gitanos, los negros y los homosexuales, todos ellos al margen en esta denominada “civilización” que nos ha marcado el pensamiento eurocéntrico dejándonos como herencia lo colonial con esa aspiración a imitar siempre modelos europeos, un cierto “blanqueamiento cultural” en donde el blanco para nosotros es superior, lo que se transmite, por ejemplo, a través de los refranes y dichos que no son bromas, aunque lo parezcan, como que “somos los ingleses de América”, o como ahora en los gobiernos de la Concertación, ídem Nueva Mayoría, que a través de su política exterior pareciera afirmar que este país llamado Chile ha tenido la desgracia de haber nacido en un barrio pobre como América Latina. 

Pero veamos de qué nos escribe la autora. No cabe duda que ella apunta y se orienta a escudriñar en ese difícil mundo de las mujeres: ese gran grupo que constituye la mitad de la población y que junto a los gitanos, los negros, los homosexuales, las lésbicas, los trans, las etnias y los pueblos originarios son los los postergados y postergadas de la sociedad occidental. Escribirnos es un desafío mayúsculo y en ese empeño de lo que se trata –entiendo que a eso apunta la autora- es rescatar nuestras voces silenciadas.

Adelanto que para mí LA EXTRAVÍA más que un libro de cuentos sería una novela corta. Confieso que mi amigo Sergio Pizarro, poeta y ensayista, quien leyó este libro de NINA AVELLANEDA, fue el primero en arriesgarse. Y en cuanto a divergencias, él sostiene que acá tenemos a una narradora omnisciente. A mí me parece que es una narradora-protagonista, pero agrego que en este libro no podemos hablar de una estructura cerrada. El tipo de narradora-protagonista es el tipo de narrador/a que se utiliza en géneros como el diario o la autobiografía, más común en las narradoras, y hasta hace poco un género vilipendiado y calificado de menor. La protagonista es Ana Jiménez. La autora revela su nombre diría a la usanza de un diario de vida, en donde ella señala, en tanto personaja, su edad de 21 años, todo en cursiva, precisa la época del otoño en que este libro habría sido escrito, y lo indica en el tercer capítulo “El amor y los sueños fulminantes”, bajo un texto llamado “Edith”, en la p.70. En mi opinión este libro pudiera ser perfectamente una novela corta autobiográfica, real o ficticia, en donde la protagonista, Ana pudiera ser Nina. Para mí la autobiografía siempre es ficción. Cito a Aldo Pellegrini: “No hay duda de que toda obra de arte resulta de una transmutación de la experiencia personal del autor”, (p.54 bajo el subtítulo “Motivaciones psicológicas”, en el prólogo a las “Obras completas del Conde de Lautréamont”). Y en cuanto a la otra personaja que de entrada aparece como ese primer y sustantivo amor lésbico de Ana y que se llama Irene, que le da nombre al primer capítulo de este libro, aventuro que Irene se refracta en varias caras, llamadas a veces, Camila, Edith, Luisa o Soledad, las que tienen algo en común: la edad alrededor de los 40 a 45 años, algunas son profesoras igual que la narradora-protagonista, estas Irenes tienen en común una enfermedad, una agonía gozosa y la muerte. Irene y sus diversos rostros que se reflectan a través de un espejo y se nos devuelven para disolverse en los sueños. Creo que esta personaja es una sola: Irene. Entonces tenemos dos personajas centrales que son en mi opinión: Ana e Irene. Me da la impresión que acá los personajes masculinos sirven de referencia o de enlace. O están ahí sin abrirse, sin desarrollarse, a veces solo se mencionan, pero en mi primer acercamiento a este libro me parece que más bien solo escuchan, no entran en conflicto con los personajes femeninos ni con Ana ni con Irene.

Desde la óptica de la teoría literaria feminista nos referirnos a la literatura escrita por mujeres: para mí desde cualquier perspectiva es importante que las mujeres escriban porque no tuvimos acceso a la escritura por varios cientos de años, perder el miedo y escribir sin descanso. Escribir es un derecho humano, como dijo Lucía Guerra. La letra está ahí. Aunque vivimos en tránsito de la sociedad letrada a la sociedad virtual, la escritura no desaparece. El lenguaje con toda su carga simbólica son los signos que nos permiten comunicarnos. Sin embargo, la escritura siempre perteneció y pertenece a una elite y es un territorio eminentemente masculino así también la literatura. Nos llevan varios siglos de delantera. Pero volviendo a la teoría literaria feminista sin considerarla como una camisa de fuerza hay literatura de mujeres que reproduce el modelo patriarcal en donde la mujer en tanto personaje no produce ningún cambio y se somete a los parámetros hegemónicos. Aquí reproduzco una opinión del premio Nobel de nacionalidad mexicana Octavio Paz, que me parece relevante, de su libro “El laberinto de la soledad” que dice: “La mujer es un objeto, alternativamente precioso o nocivo, mas siempre diferente. Al convertirla en objeto, en ser aparte, y al someterla a todas las deformaciones que su interés, su vanidad, su angustia y su mismo amor le dictan, el hombre la convierte en instrumento. Medio para obtener el conocimiento y el placer, vía para alcanzar la supervivencia, la mujer es ídolo, diosa, madre, hechicera o musa, según muestra Simone de Beauvoir, pero jamás puede ser ella misma. De ahí que nuestras relaciones eróticas estén viciadas en su origen, manchadas en su raíz. Entre la mujer y nosotros se interpone un fantasma: el de su imagen, el de la imagen que nosotros nos hacemos de ella y con la que ella se reviste. Ni siquiera podemos tocarla como carne que se ignora a sí misma, pues entre nosotros y ella se desliza esa visión dócil y servil de un cuerpo que se entrega. Y a la mujer le ocurre lo mismo: no se siente ni se concibe sino como objeto, como “otro”. Nunca es dueña de sí. Su ser se escinde entre lo que es realmente y la imagen que ella se hace de sí. Una imagen que le ha sido dictada por la familia, clase, escuela, amigas, religión y amante. Su feminidad jamás se expresa, porque se manifiesta a través de formas inventadas por el hombre.” (1995: p.214). Por otro lado, respecto de la literatura escrita por mujeres, hay otras autoras que pretenden subvertir desde la literatura ese orden estatuido, algo que no es fácil. Acá hay dos cosas: uno, cómo representamos y representar a los personajes femeninos en la literatura ya sea escrita por hombres y/o mujeres; y dos, está el canon con el que se miden analíticamente las obras literarias para decir si estas son buenas o malas, que obedece siempre a las coordenadas hegemónicas vigentes. Afortunadamente, hoy, con muchas cultoras y también cultores en rebeldía que buscan escapar al modelo fálico de alguna manera, éstas y éstos se escurren por entre las hendijas del patriarcado literario actual intentando construir personajes mujeres que sean sujetas como constructoras de mundo. Acá hago un paréntesis. Creo que formadas bajo coordenadas ajenas si bien existe la voluntad de escribirnos, nuestros escritos literarios a veces no pueden escapar a lo aprendido, porque, al mismo tiempo, que nos enseñan a escribir nos están entregando una cierta visión de mundo, no es un aprender neutro que pretende ser abstracto, pero se nos cuela ese aprendizaje, se nos cuela la visión de mundo de subordinación, se nos cuela amorosamente, se nos cuela a golpes, porque aunque tratamos de que nuestros personajes y nosotras mismas no giremos en torno a esa única y exclusiva representación de la luz; luz que, desde la perspectiva simbólica, es el logos y el logos está representado por el hombre y está representado por dios, los autores fálicos simbólicamente y también en la realidad, tengámoslo en cuenta, nos hacen girar en su rededor eternamente, por eso pienso que muchas veces nuestra escritura está caracterizada por la ambigüedad porque no nos podemos desprender totalmente de ese aprendizaje hegemónico, no vivimos en una burbuja, esa ambigüedad sería una forma de defendernos, de expresarnos por entre las fisuras, para evadir el tutelaje escritural.

Volviendo a LA EXTRAVÍA, creo que es un libro de amor. Sergio me lo sopló al oído. Pero lo que no me dijo: que este no es un libro de amor cualquiera, sino que es un libro de amor lésbico. La primera señal de una ruptura que acá podemos visualizar, una ruptura central que abre hendijas por donde escurren nuestros escritos salvando los amarres del modelo dominante. Ahora y antes de seguir me enfocaré en el nombre de este libro. Que me llamó mucho la atención. Para mí en poesía la sonoridad es vital y este nombre, pido disculpas a la autora, me hacía ruido. Entonces decidí, más allá del sonido, enfocarme como correspondía en el verbo EXTRAVIAR. Entonces EXTRAVÍA como la tercera persona del presente de Indicativo del verbo EXTRAVIAR. O más sugestivo aún, EXTRAVÍA, del Imperativo dirigido a un “tú”, que es una orden. Y el verbo EXTRAVIAR entre sus muchas acepciones está: “no encontrar en su sitio a las cosas”, “no fijar los ojos y la mirada en algo”, “equivocarse de camino”. Y luego de eso pensé, este nombre es provocador; pero lo mejor de todo viene ahora cuando una de las acepciones de EXTRAVIAR me resulta como el corolario de las anteriores definiciones mencionadas acá y que dice: EXTRAVIAR es “Abandonar el modo de vida normal y tomar otra distinta, generalmente desordenada. Descarriarse”. Por supuesto, diría yo. Y al lado de EXTRAVÍA está el artículo “La”. Que apunta el rumbo. Ya sabemos quién es LA EXTRAVÍA en tercera persona. Es ella. O desde el Imperativo se le dice a esa ella que “abandone el modo de vida normal”. “Que se desordene”. La invita “A descarriarse”. “Que se pierda”. O bien le dice “que (ya) está perdida”. No hay otra forma y la narradora lo sabe: “No quiere ser subalterna. Jamás ser subalterna; que se la proteja acaso, pero ninguna orden.” P. 51 “Ninguna orden”. Otro intento de ruptura. Este texto de la página 51 pudiese ser un texto que marca un deseo de ser, podría ser una arte poética, una expresión de voluntad. Esta declaración escritural acaso es suavizada, debilitada, más bien concesiva, quizás, cuando la narradora consiente: “que se la proteja acaso”, como decir, bueno, ¡ya!, y junto con ello deja en claro que no acepta “ninguna orden”. Hay algo más en esta dirección que me llama la atención en este texto “Edith”, de esta Edith que aparece en los sueños de Ana y que, en mi opinión, nos remite a los estudios emergentes de masculinidad. Veamos primero el texto al que me refiero. En “Edith”, la narradora nos da cuenta de una relación sexual lésbica: “Había mucha humedad; estaba lloviendo, sí, pero se diría que la humedad venía de nuestros sexos que calzaban perfecto, como si fueran trozos de carne cruda que se comprimían.”, p.71. […] “Los ojos de Edith me miraban como no me han mirado antes. Ojos enrojecidos, humedecidos, febriles y que sin embargo no pretendían una penetración. Que fantástico se sentía saber que este acto no acabaría en eso, que el orgasmo se adentraba en el tiempo y atravesaba una y otra dimensión. El roce violento, el cabello colgando, los ojos ardiendo y la lengua; todo la misma importancia.”, p.72. A propósito de este particular pasaje del libro, en esta descripción de una relación sexual lésbica, los estudios emergentes de masculinidad que los propios varones están desarrollando, ellos grafican claramente el rol del varón patriarcal o macho alfa y lo representan con el “modelo de las tres P: preñar, proveer y proteger” (Michael Kimmel, 1997: 49). Modelo de hombre heterosexual que a modo de pacto tácito todos cuidan de cumplir y controlar: cuidando de no ser maricón, de no desviarse de la regla. Y para qué abundar con ejemplos de hombres bien hombres, muchachos que siguen a su macho alfa y asesinan a un joven gay como Daniel Zamudio que no cumple con el pacto. Y ‘comerse a varias minas’, es la marca de su virilidad. Y el sexo se practica poseyendo, de poseer, es decir, refiriéndome a la definición del verbo poseer, de “tener alguien o una cosa en su poder o ser dueño de ella”. Las relaciones sexuales vista desde una óptica de propiedad. Otras rupturas que destaco en este libro: enfrentarse con la temática del aborto y en el primer capítulo en el texto “Lluvias y santuarios”, la narradora habla del aborto y dice “Las pastillas llegaron a la casa…”, p. 22. Y el femicidio como expresión de la violencia de género más extrema se aborda en el texto “Recuerdos del Rívoli”, último texto del primer capítulo, cuando hacia el final, cito: “La mujer cae secamente sobre el pasto húmedo y el hombre le abre la cabeza con una piedra angulosa. Al segundo golpe ya no respiraba. Después de cincuenta minutos de usar su cuerpo, el asesino guarda las pertenencias de la víctima en el maletero, es un bolso y un libro que asoma. Todo se lo deja, menos el libro, que utiliza para cubrirle el rostro” (p.34). Fin del primer capítulo “Irene”. Y tiene sentido porque acá muere simbólicamente Irene. Es curioso este texto, en donde la narradora lee un libro cuyo primer cuento se llama “Recuerdos de Rívoli”, igual nombre con el que cierra el primer capítulo de Extravía que se llama “Irene”; me detengo acá porque me parece que la autora utiliza este recurso como una especie de Deus ex machina en donde imagina la muerte simbólica de una Irene.

Por último, dos cosas más del libro: uno, está el tema de la muerte que puede responder al influjo literario romántico y recojo lo siguiente: “El enigma de la muerte –que domina al hombre y a la mujer arcaicos como pavor cósmico e inquieta aún la conciencia profunda del civilizado…“ (José Luis Vega, La visión trágica en la poesía de Pablo Neruda. Antología General, 2010: 583). Lo oscuro, lo tétrico, lo trágico y lo luciferino que atisbamos, por ejemplo, en una seguidilla de textos sucesivamente denominados “Oscuro viento inmóvil”, “Lluvias y santuarios”, “Negro”, en el capítulo 1, cito a la narradora: “Tenía al diablo columpiándose adentro, con un ramo de flores descompuesta entre los dientes y un zumbido de insecto en el corazón”. “Tenía al diablo soplándole palabras en el sueño…”. “El diablo le decía poemas, y era tan dulce como asesino”, p.19 y 20; y, dos, está lo onírico y ciertos indicios de una escritura delirante. Ambos códigos escriturales pueden resultar propicios a la hora de escapar a las ataduras patriarcales como lo hizo, por ejemplo, María Luisa Bombal o Gabriela Mistral. En particular con Mistral un ejemplo monumental que hubo de encubrir su escritura, consciente o no, bajo una superficie que agradara a los críticos conservadores de su tiempo, según concluye, por ejemplo, Grínor Rojo, quien examina la obra de la poeta bajo algunas categorías de la teoría literaria feminista para leer con nuevos ojos y nuevas herramientas de análisis a nuestra premio Nobel. Quiero centrarme en ciertos indicios de una escritura delirante en este libro de NINA AVELLANEDA, la que aparece en el segundo capítulo “Fragmentos del diario de Ana o La enfermedad”, y con mayor fuerza en el tercero y último “El amor o Los sueños fulminantes”, en donde la realidad pierde sus contornos. Y extrapolando definiciones me arriesgo a indicar que una de las claves para explicar este tímido delirio está en “La noción de pérdida del ser amado”. En LA EXTRAVÍA tenemos la pérdida de Irene, la que, finalmente, es recuperada en los pasajes soñadores hasta cierto punto alucinados. “El delirio precipita al narrador/a y a sus personajes por encima o por debajo (esto último más que lo primero) de la línea que postula la racionalidad de lo real y la veracidad del lenguaje”. Es una narración antilineal. Desmorona el relato realista y ofrece líneas de fuga y una posibilidad de dar vida a los “saberes sometidos”. La fractura desmorona ese apresamiento, busca por donde escapar. Cito haciendo referencia a la novela “El árbol” de María Luisa Bombal (1939): “Tal vez quien mejor represente esos saberes sometidos, más bien ocultados por la tiranía de Apolo, sea la ninfa Brígida, la protagonista de ‘El árbol’. Ella es sometida por ‘pueril’, por ‘retrasada’, por ‘niña chica’. Términos despectivos producidos por el mundo masculino -el padre y el esposo- para conjurar algo que nunca podrán entender: el pensamiento de la alteridad.” (Mario Rodríguez y José Manuel Rodríguez, Universidad de Concepción). Por último no puedo dejar pasar que en este libro que hoy presentamos observo un tímido diálogo intertextual con autores y personajes que la autora incorpora en su narración, Pina Bausch, Blanche Dubois, la diosa Proserpina (Perséfone) o los escritores Onetti y Roberto Arlt; estoy segura que no es una casualidad y me parece que refuerzan el sentido de la historia y el devenir de sus personajes, refuerzan el tono que le ha querido imprimir la autora a este libro intentando una apuesta arriesgada que pretende construir una escritura que desafíe el modelo literario patriarcal.

Y Sergio me dijo: es un libro que recomiendo. Y tiene razón.

Valparaíso, julio del 2016



*Rosa Alcayaga Toro es periodista de profesión. Poeta como razón de vida. Magíster en Literatura, con su tesis acerca de la obra poética de Stella Díaz Varín. Trabaja actualmente en la Universidad de Playa Ancha.

16 de marzo de 2016

Presentación de Macarena Areco* de "La Extravía"

La Extravía de Nina Avellaneda

Fotos de Nicolás Fazio

Estoy muy contenta de poder presentarles hoy este libro de una joven escritora, Nina Avellaneda, de una editorial que quizás podríamos llamar alternativa, Ediciones del desierto, además de provincia, de la Región de Atacama, porque esta publicación se enmarca en una prolífica y diversa producción literaria que hace ya unas dos décadas o más se está emprendiendo en nuestro país, la que, a mí me parece, es una muestra de una enorme vitalidad, de una necesidad de decir cosas uno mismo, que da cuenta de una democratización inédita, creo. Aunque quizás en los sesenta y en la UP, sobre todo, también la hubo, pero no había entonces las condiciones materiales para que las voces se expresaran en el papel, en estas cuidadas ediciones como ocurre ahora.

Entonces primero una idea del contexto, del campo cultural en el cual se inserta este libro de relatos de Nina Avellaneda, La extravía, que me parece, a estas alturas, un campo en permanente crecimiento, magmático, creativo.

Segundo, y en relación específicamente con el libro, quisiera, a partir de su polisémico título, plantear una lectura modesta, que quizás pueda servir de entrada a este texto, que, por otra parte, no quiero que imaginen que necesita de muchas explicaciones, puede leerse sin ideas previas, pero es mi trabajo hoy esbozar frente a ustedes mi lectura.

Y en ese sentido quiero partir diciendo que La extravía nos abre a una diversidad.

La vía, el núcleo de la frase nominal, la palabra principal de este paratexto, como diría Genette, propone una guía en el desplazamiento, un camino, pero no una vía recta, como decía Freud respecto a los sueños y el inconsciente, es decir principal, incluso única, sino una que se va por el lado o que quizás complementa la principal, incluso diría como un plus, pues extra puede significar un gran agregado, como la extra long cheeseburger de Burger King o la talla extra large (realmente traté de pensar en ejemplos más iluminadores, pero solo estos, populares y consumistas, vinieron a mi mente).

Supongamos el camino, que, contra los avisos de su madre, toma la Caperucita o el camino no siempre fácil de la Literatura que a veces seguimos en lugar de oficios mejor remunerados, más seguros.

Pero también la extravía nos remite a algo que redundantemente podríamos llamar la exterioridad de lo extra. O mejor, algo así como la extraterritorialidad de Steiner que Ignacio Echeverría achaca a Bolaño. Supongamos, entonces, por usar ejemplos cinematográficos, el mundo devastado que la pastilla roja hace ver a Neo en Matrix, o la zona prohibida y peligrosa a la que nos atrevemos a ser conducidos por el Stalker en la película de Tarkovski solo por la posibilidad de cumplir un deseo.

También me gusta cómo ha sido normalizada, gráficamente, esta otra vía en la portada de la novela, donde no ha requerido ni siquiera de un espacio en blanco y menos aún de un guión, para expresar la yuxtaposición, como si la extraterritorialidad ya fuese un derecho ganado, desde el principio.

Pienso en obras cuyos títulos hacen referencia a caminos y en relación a estas, las diferencias que nos propone el libro de Avellaneda: Calle mayor de Sinclair Lewis, respecto a lo cual hay aquí una apuesta quizás por la calle del lado, por la diagonal más nueva que invita a otros caminos y por otras vidas fuera de la cuadrícula principal. Por el camino de Swann en que Proust nos muestra el avance por un camino ya prefigurado, aunque inmediatamente se expresen la complejidad y diversidad de los caminos. La vía de Nina Avellaneda no propone pasar primero por lo conocido, el avance es siempre por lo paralelo. La Calle de dirección única de Benjamin, significando, creo, la inexorabilidad de la historia, en esos tiempos de oscuridad, frente a algo que desde el inicio ya asume la eventualidad de las sobre y multideterminaciones.

Por supuesto que con lo anterior no he querido decir que Nina Avellaneda supere a estos autores, solo intentar hacer una diferencia, un matiz, y una explicación de por qué esta literatura y en algún sentido toda nueva literatura es importante, en la medida en que alumbra un territorio siempre distinto, debido, diría, no tanto a la infinitud de los lugares o de las experiencias o, si se quiere, de los caminos, sino que más bien a la de la interpretación a la que infinitamente podemos someter a los significantes.

Entonces, querría hacer una propuesta de por dónde van, por un lado esta diversidad, y por otra este plus, este agregado en La extravía.

Primero respecto al género narrativo: lo que Nina Avellaneda nos presenta son cuentos, más precisamente diecinueve relatos conformando tres partes, pero son cuentos que no están aislados, que integran una cadena en que las historias se completan unas con otras. Por ejemplo la de Ana, a quien en una historia vemos como la amante de Irene, en otro regresando de México, en otro como amiga de infancia de Gabriel, en otra despertando en el departamento de Luisa.

Segundo, respecto al estilo literario (que también puede ser entendido como otra clase de género) que en este caso y en primera instancia me parece corresponde al realismo. Por ejemplo:

Irene se sienta en la orilla de la cama. Mientras Ana va por el café se dedica a observar rápidamente los objetos nuevos que hay en la pieza y los cambios de orden: todo está igual, excepto un montón de hojas blancas pegadas por todos lados. Tienen kanjis japoneses y recordatorios: “comer lechuga Serotonina”, “escribir Manuel junta”, “viernes 8:30 La profecía”.
Y ¿cómo has estado?, pregunta Ana. Trabajando, cosiendo, lo mismo de siempre. ¿En la bencinera todavía? Sí, todavía. Y tú, ¿cómo estás? No sabía si era buena idea pasar a esta hora, pero como tú te levantas temprano y como, además, en un rato entro a trabajar no quise devolverme a la casa: me voy a ir directo de acá (29).

Pero aquí aparece el plus, en la medida en que varios momentos mutan a lo fantástico, como cuando Camila, la arrendataria ejemplar por compulsiva limpiadora, desaparece pareciendo que nunca hubiese existido, en el cuento “Un departamento seminuevo”

En tercer lugar, y para esto también me sirve este relato sobre los peligros del aseo profundo, el humor, que nos permite, satíricamente, reconocer nuestra cotidianidad a veces estúpida, pero también distanciarnos de ella, reflexionar acerca de los intrincados modos en que nos hemos ido orientando por un determinado camino y quizás pensar en los no tan complejos (o, al menos, menos complejos de como los imaginamos) de salirnos de esas especies de laberintos en que nos hemos encerrado.

Y por último la poesía, pues si bien La extravía es una obra narrativa, un conjunto de relatos, como decíamos, no pocas veces el modo de contar la historia deviene algo más o algo menos que el contar, como ocurre en:

No quería salir, pero le daban palos, palos para que saliera, palos para que se emborrachara. Mucha ocasión de cama, mucho cuerpo joven listo para sudar con ella. Tenía al diablo columpiándose adentro, con un ramo de flores descompuestas entre los dientes y un zumbido de insecto en el corazón. Tenía al diablo soplándole palabras en el sueño, en el oscuro viento inmóvil. (19).
O en:

Los fantasmas no levitan, caminan, como cualquier otro, como tú en este caso. Se sientan en la cama, miran la televisión, revisan sus correos y cuentas personales esperando que una noticia lo cambie todo, lo de siempre, pero hacer click en “Recibidos” más de cien veces no trae más que cierta descomposición bajo la ampolleta.


Y a modo de coda: no quiero hablar respecto a la diversidad sexual porque pienso que la otra presentadora sabe mucho más que yo de eso, y no quisiera equivocarme. Pero sí mencionar que ésta forma parte de un conjunto de diversidades que ya están presentes en el sugerente título de La extravía y que he intentado, someramente, desarrollar en estas breves páginas.

*Macarena Areco Morales (Viña del Mar, 1967) es periodista, licenciada, magíster y doctora en Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha publicado una treintena de artículos en revistas especializadas y en volúmenes de ensayo sobre narrativa chilena e hispanoamericana del siglo XX y reciente, en particular sobre la obra de Roberto Bolaño y de otros autores chilenos de los últimos años y sobre ciencia ficción. Ha organizado y participado en diversos encuentros académicos nacionales e internacionales y ha liderado tres proyectos de investigación sobre estos temas. Actualmente se desempeña como profesora en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. 

17 de diciembre de 2015

Publicación y lanzamiento de La extravía


La extravía
es un libro dividido en 3 capítulos:

1. Irene
2. La enfermedad o El diario de Ana
3. El amor o Los sueños fulminantes

Todo está escrito para el lado, por lo que ha sido clasificado como narrativa. Fue publicado en noviembre de este año bajo Ediciones del Desierto, un proyecto editorial llevado adelante por Diego Álamos, ubicado en San Pedro de Atacama. El diseño de la portada y el interior es de Manuel Carrión.

Las siguientes son imágenes de la portada y del lanzamiento del libro el 02 de diciembre en Santiago de Chile.









En el siguiente enlace pueden leer el índice y los dos primeros textos, los cuales alguna vez fueron publicados en este blog, sin embargo fueron editados al pasar a formar parte de este libro.

Este libro fue escrito entre los años 2010-2015, intermitentemente, en todas las estaciones y a cualquier hora del día o de la noche. 

5 de febrero de 2015

Uno va cargando


Uno va cargando su vida con cierta ternura y este “uno” se corresponde con nuestro cuerpo. Mi cuerpo carga con cierta ternura el cansancio de mi jornada. Mi jornada de 25 años. 25 años y nada por delante, señora, todo por detrás.

Mi agote se ha prendado de las paredes de mi cabeza. Mi cuerpo debe cargar con una cabeza huidiza. Esta que llevo conmigo soy yo, son mis rodillas y mis cuencas. Mi cuerpo debe cargar con una cabeza huidiza, lo repito por mera disciplina. Trabajo el doble, debo ir siempre en busca de mi cabeza. Este que llevo aquí soy yo, son mis huesos y es mi lengua.

Cada vez que he soñado cargo a alguien. Es la gente a la que he amado. Todos han vuelto a ser niños y yo los cargo sin dificultad. Los cargo y los llevo de un punto a otro. Mientras dura el recorrido conversamos. La conversación carece de mimos, es la que llevaría con un adulto, solo que este adulto tiene una cabecita y se le dobla y me viene el terror de que se le desprenda.

Uno va cargando con cierto abandono el amor que para uno era. Uno lo ha entregado todo en quince madrugadas. Uno no tiene qué entregar ahora que el cansancio vino para quedarse. El niño que cargo es mi pulso, si me detengo lo detengo y acaba de una vez el ejercicio de ir hacia adelante.

Mis sienes ya gotean párpados cerrados. 






Sueño con Olga


Hay un sueño claro, que surge y existe claro con el único fin de hacer que su pelo oscuro sea aún más oscuro. Que resalte y lo capture mi vista y lo retenga la memoria y lo adoren mis poros. El amor nace en la piel y vive en los poros. Cuando el amor abandona los poros para cobijarse en otro lugar entonces es que ha mutado a otro sentimiento.

 

Hace unos días tuve un sueño. Creo que lo disfruté mientras sucedía. Había varios escenarios. Una habitación no tan hermosa con una cama de dos plazas y sábanas blancas. Luz. Veredas de una ciudad mezcla de las que conozco o una nueva sin referencia. No lo sé. Veredas en el centro de una ciudad. Tiendas a ambos lados, personas que caminan, no demasiada velocidad en todo, más bien una ciudad medianamente apacible. Nuevamente luz. Esos son los escenarios. Las acciones son más interesantes.

 No recuerdo el orden de las cosas, hay quien dice que todo sucede al mismo tiempo y luego al despertar uno desenrolla el argumento de los sueños. Que uno los construye mientras los va relatando, que es ahí donde se arman y que el modo de poner en palabras las imágenes y los diálogos termina por construirlos.

Olga estaba recostada en la cama y yo tocaba su rostro y seguía sus ángulos con la punta de los dedos, le decía que tenía un rostro hermoso. Olga es morena de cabello oscuro. Tiene una mirada aguda y una sonrisa que involucra más que nada a sus ojos. Los ojos de Olga entonces son fundamentales. Ella me miraba plácida. A veces estaba más joven de lo que es y a veces también en lugar de estar en la cama estaba en la vereda, como en cuclillas afirmada en una pared y a mi lado. Yo hago esas cosas, sentarse en el suelo, sentir mías las calles porque no tengo un casa. Solo tengo habitaciones que pago mientras tengo trabajo y luego debo irme porque los trabajos no son eternos. Pero ella no, ella tiene un auto y antes dormiría ahí a tener que quedarse en casa ajena. Yo creo que no anda en metro desde hace tiempo, y está bien, yo tampoco bajaría a ese espanto si tuviera un auto y plata para mantenerlo. Pero bueno. Otra cosa que sucedía en este sueño era que ella de pronto era Olga de niña y yo la llevaba en brazos. Íbamos conversando muy alegres por la calle. No pesaba y eso que estaba grande, siete años, luego parecía de menos, unos tres. Era natural que sucedieran esas cosas, aunque yo siempre estaba igual. Era ella quien variaba y es que no la conozco y todas eran ella porque Olga estaba en mi imaginación. Pero estábamos alegres y entonces fue un sueño muy agradable, no parecía faltarnos nada. La vida era amable con nosotras. Si me acordara del diálogo que yo llevaba con Olga niña… pero no me acuerdo. Solo sé que era la conversación que sostendría con ella ahora, de adulta. En ningún momento me percibía a mí misma. Lo más intenso del sueño eran tres cosas: el gusto que me daba su rostro, la claridad en todas partes y lo liviano, la alegría, la simpleza de lo que sucedía. Ahora que lo escribo pienso que podría haber transcurrido todo de mañana. Una mañana luminosa y fresca de no sé qué estación.  

 

2 de septiembre de 2014

Memorias de Jeanette Winterson


¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, le preguntó la mamá de Jeanette Winterson a Jeanette cuando ésta le contó que quería a una mujer, y que no creía que se le fuera a pasar. Y que se sentía feliz. Entonces su madre le dijo eso, aquella frase que titula el libro de memorias de J. Winterson. Aunque su madre en realidad no es su madre, lo sabemos desde el principio. La niña ha sido adoptada por esta mujer fanática pentecostal y su marido falto de carácter que esculpe figuras para la iglesia en arcilla. La señora Winterson le dijo entonces a su hija: o te olvidas de esa chica o te vas. Jeanette a las horas ya no vivía en casa. Tenía dos pantalones, tres camisetas y el auto viejo estacionado cerca de la verdulería. Allí organizó su vida: en el asiento de adelante comía y leía y en los de atrás dormía: sentía así que algo tenía bajo control.


Fragmentos del libro:


Es como leer un libro al que le faltan las primeras páginas. Es como llegar cuando ya se ha abierto el telón. La sensación de que falta algo no te abandona nunca, jamás; y ni puede ni debe hacerlo, porque falta algo.

Eso no tiene por qué ser negativo. La parte perdida, el pasado perdido, puede ser una apertura, no un vacío. Puede ser una entrada tanto como una salida. Es el registro fósil, la impronta de otra vida, y aunque jamás podrás tener esa vida, tus dedos surcan el espacio que aquella debería haber ocupado, y tus dedos aprenden una especie de Braille.
Hay unas marcas aquí, abultadas como cicatrices. Léelas. Lee el dolor. Reescríbelas. Reescribe el dolor.
Por eso soy escritora; no digo “decidí” ser ni “me convertí en”. No fue un acto voluntario ni siquiera una elección consciente. (Una estricta orden de batalla, diría Clarice) p. 14
He escrito sobre el amor de forma obsesiva, casi forense, y sé/sabía que es el valor supremo. Por supuesto, amaba a Dios, al principio, y Dios me amaba. Eso era algo. Y amaba los animales y la naturaleza. Y la poesía. El problema lo tenía con la gente. ¿Cómo se ama a otra persona? ¿Cómo confías en que otra persona te quiere?
No tenía ni idea.
Pensaba que el amor era una pérdida.
¿Por qué la pérdida es la medida del amor?
Es la primera línea de una de mis novelas, Escrito en el cuerpo (1992). Me dedicaba a acechar el amor, a atrapar el amor, a perder el amor, a echar de menos el amor… p.16
 
Mi madre, la señora Winterson, no amaba la vida. No  creía que nada pudiera hacer la vida mejor. Una vez me dijo que el universo es un cubo de basura cósmica, y después de pensármelo un poco, le pregunté si el cubo tenía la tapa puesta o no.
“Puesta –dijo-. Nadie se escapa.” P.30
 
Pueden envejecer, pero no pueden crecer. Para eso hace falta amor. Si tienes suerte el amor vendrá más tarde. Y si tienes suerte no pegarás al amor en la cara.  P. 58
 
La continuidad (del amor) (Un amor continuo, que no acabe, que no se pierda, eso, que no haya pérdida, ni duelo, ni daño, ni más dolor.) (La continuidad del amor) p. 87
Me así a él con más fuerza porque Helen lo soltó (el amor) p.91
 
"Envolvamos, pues, todas nuestras fuerzas,
Nuestra dulzura toda, en una esfera;
Y lancemos nuestros placeres violentamente
A través de las puertas de hierro de la vida.
Así, aunque no podamos hacer que el sol
Se detenga, haremos que, al menos, corra".


(Citando a Marvell)
 
Pensé: “Si no puedo quedarme donde estoy, y no puedo, entonces pondré todo mi empeño en el camino” p.129


Está anocheciendo. Explotan bombas. Alice pierde la paciencia. Tira el mapa y le grita a Gertrude (Stein): "¡NOS HEMOS EQUIVOCADO DE CAMINO!"
Gertrude sigue conduciendo y dice: "Correcto o equivocado, este es el camino y en él estamos". p.143


"Aquello que solo vive/ puede solo morir" (citando a T.S. Eliot) p.167







7 de febrero de 2014

Una película me lleva a alguna parte

Veía una película en casa. Un actor que de niña me gustaba, con hombros anchos y abrigo largo. Una mirada sensible, adolorida. Un cliché hollywoodense, y qué. La amada al final se moría, igual que en El paciente inglés, ahora que lo pienso. Pero antes de que muriera no habían podido estar juntos y  (se) habían mentido para llevar sus vidas en orden. Yo me debatía adentro.

No soy capaz de esa mirada panorámica que escoge una alternativa y la pone en práctica. No soy un caballo de carrera y justo ahora ya no me culpo por ello. Lloro un poco, y es distinto, no sé si alguna vez lloré así. Qué triste es reconocerse… encontrar ese patrón que dificulta o que simplemente no se ciñe a los otros y saber y estar segura, ahora, que después de tanta confusión no había otra cosa, que se es definitivamente de tal modo, que no, no se tiene una mirada puesta en un objetivo a la distancia, que el día a día importa y cansa.

Identificar las piedras de tope y hacerlas a un lado… cómo cuando es uno. Hay cosas que solo pasan en las películas, sí,  la mayoría de las veces tienen que ver con acciones mantenidas por largos años, la realidad es por mucho mayor, por algo es el cine el supeditado a la vida o los androides a la emoción humana.

Entonces es así que yo soy, ni tan fuerte ni tan débil, una más. Mi amada distante no debe recordarme, a su vez debe pensar en otro y confundirse, después de tanto psicoanálisis, de tanta costosa terapia y pastillas. Pastillas para dormirse, pastillas para estar despierto, pastillas para sufrir menos y para olvidar más.

No, no estoy perdida, estoy aquí y está bien. Soy así  y ya. Puede que cambie, ahora soy de este modo y llevo mucho tiempo siéndolo, aunque haya tratado de ser de otra manera. Ya dije que no tengo esa mirada panorámica. A veces vivo bien, oigo, salgo de mí, pero no se puede vivir para siempre descentrada, no habría proyecto y cuánto le debo a mi proyecto… si resistí una y otra vez fue por mi proyecto. Entonces me lo permito. Está bien… Haz lo que quieras… Déjate caer en el pozo… Y quién sabe…

Ese gesto de sostenerse la cabeza, dejarla en las rodillas, nublarse los ojos y dejarse, dejarse, rendirse, no hay más, está bien, la quieres, sí, la quieres, no importa, no te culpes, mientras vivas…

No sé cómo se llamaba la película porque no la vi desde el principio, pero no era una buena película, solo era, del mismo modo que yo. Me conmovió sin embargo. ¿Quién no se conmueve sobre todo con este tipo enorme si mira así?  Tengo ahora una esperanza que no identifico, aunque haya dado al fin conmigo, un momento. ¿Puedo ser el centro de un amor? No lo sé. Porto algo, que no vaya a morir aquello que porto. Tengo una amada, que mi amada viva, sobretodo.

16 de diciembre de 2013

La náusea

Ya no sirve pensar en jabón cuando viene la náusea. Cuando viene no se puede detener; se ha fortalecido.

Un cuerpo con musculatura que se abre paso en la garganta, un dolor que sube, que sube, que nubla y ofende, cuando ha acabado.  Es triste pensar que la poca energía se va en una contracción. Una bocanada de vida por el alcantarillado. Es una ofensa. El cuerpo envuelto en sudor parece infantil porque es un sudor limpio y evaporable. La palidez en cambio, es anciana, intacta. Uno cree que todo el mundo debería servir para algo, pero la náusea viene y se burla. La muerte fija lo que debería crecer y la mirada  aguda en el piso se nubla. 

28 de noviembre de 2013

Zaza, Amie de Simone de Beauvoir

Durante todos estos meses me ha acompañado esta lectura. Los fragmentos que escogí para copiar acá hablan de Elizabeth Mabille: Zaza, pero podría citar cualquier otra página y encontrar algo preclaro; se me viene a la cabeza esa palabra para definir este libro. Un libro de memorias preclaro. Es muy buena también  esa otra palabra del título: memorias, sus memorias como si el aparataje de retención operara distinto una y otra vez.

Cuando no quiero hace nada, me estiro en la cama a leer estas memorias y retengo retenciones ajenas. Y su memoria hace andar la mía como un engranaje de la historia social. Cuando quiero hacerlo todo, también me lanzo a la cama a devorar el lenguaje de aquella a la que hubiera invitado, como en La invitada, a vivir la autenticidad.



   

94
Con Zaza  teníamos conversaciones verdaderas, como de noche papá con mamá. Conversábamos de nuestros estudios, de nuestras lecturas, de nuestras compañeras, de lo que conocíamos del mundo; no de nosotras mismas. Nunca nuestras conversaciones tomaban un cariz confidencial. No nos permitíamos ninguna familiaridad. Nos llamábamos de “usted” ceremoniosamente, y salvo por correspondencia nunca nos dábamos un beso.

95
La vivacidad y la independencia de Zaza me subyugaban.

No me di cuenta en seguida del lugar que esa amistad ocupaba en mi vida; no era mucho más sutil que en mi primera infancia para designar con un nombre lo que ocurría en mí. Me habían enseñado  a confundir lo que debe ser con lo que es: no examinaba lo que se ocultaba bajo la convención de las palabras. Se daba por sentado que sentía un tierno afecto por toda mi familia, incluso por mis primos más lejanos. A mis padres, a mi hermana, los quería: esa palabra lo cubría todo. Los matices de mis sentimientos, sus fluctuaciones, no tenían derecho a existir. Zaza era mi mejor amiga; no había nada más que decir. En un corazón bien ordenado, la amistad ocupa un lugar honorable, pero no tiene ni el brillo del misterioso amor, ni la dignidad sagrada de las ternuras filiales. Yo no ponía en tela de juicio esa jerarquía.

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Ese año, como los demás años, el mes de octubre me trajo la alegre fiebre de la iniciación de las clases. Los libros nuevos crujían entre los dedos, olían bien; sentada en el sillón de cuero, me embriagaba con promesas de porvenir.

Ninguna promesa se cumplió. Reencontré en los jardines del Luxembourg el olor y los tonos rojizos del otoño; ya no me conmovían; el azul del cielo se había empañado. Las clases me aburrieron; aprendía mis lecciones, hacía mis deberes sin alegría, y empujaba con indiferencia la puerta del colegio Désir. Era mi pasado que resucitaba y, sin embargo, no lo reconocía: había perdido todo su colorido; mis días ya no tenían gusto. Todo me era dado y mis manos permanecían vacías. Caminaba por el boulevard Raspail junto a mamá y me preguntaba de pronto con angustia: “¿Qué ocurre? ¿Es esto mi vida? ¿No es más que esto? ¿Seguirá esto siempre así?”. Ante la idea de enhebrar sin fin semanas, meses, años que ninguna espera, ninguna promesa iluminarían, mi respiración  se detuvo: parecía que, sin previo aviso, el mundo hubiera muerto. Tampoco sabía cómo nombrar ese desamparo.

Durante diez o quince días seguí viviendo las horas, los días con dejadez. Una tarde me estaba desvistiendo en el vestuario del instituto, cuando apareció Zaza. Nos pusimos a hablar, a contar, a comentar; las palabras se precipitaban sobre mis labios y en mi pecho giraban mil soles; en un deslumbramiento de alegría me dije: “¡Era a ella a quien echaba de menos!”. Era tan radical mi ignorancia de las verdaderas aventuras del corazón que no había pensado en decirme: “Sufro por su ausencia”. Necesitaba su presencia para comprender la necesidad que tenía de ella. Fue una evidencia fulgurante (…)

Pocos días más tarde llegué al colegio antes de hora y miré con una especie de estupor el asiento de Zaza: “¿Si no se sentara nunca más en él, si muriese, qué sería de mí?”. Y de nuevo una evidencia me fulminó: “Ya no puedo vivir sin ella”. Era un poco aterrador: ella iba, venía, lejos de mí y toda mi dicha, mi existencia misma descansaban entre sus manos. Imaginé que la señorita Gontran iba a entrar barriendo el piso con su larga falda y nos diría: “Orad, hijas mías: vuestra compañerita, Élizabeth Mabille, anoche ha vuelto al seno del señor”. Bueno, me dije, moriré inmediatamente. Me deslizaría de mi asiento y caería al suelo, expirante. Esa solución me tranquilizó. No creía en serio que una gracia divina me quitase la vida, pero tampoco temía realmente la muerte de Zaza. Había llegado hasta confesarme la dependencia en la que me sumía mi afecto por ella: no me atrevía a afrontar todas las consecuencias.

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No pretendía que Zaza tuviera por mí un sentimiento tan definitivo: me bastaba ser su compañera preferida. La admiración que sentía por ella no me disminuía a mis propios ojos. El amor no es envidia. No concebía nada mejor en el mundo que ser yo misma y querer a Zaza.

De Memorias de una joven formal, Simone de Beauvoir (1959)