31 de julio de 2017

Hierba, cicatriz, espeso - Laia López Manrique

The opposite of death is desire

Tennessee Williams



Asta Nielsen en Hamlet (1921) Dir. Svend Gade


Dime si tienes hambre o tienes sed, si has cubierto tus necesidades básicas por hoy, si crees que va a llover en el patio que hay detrás de la habitación cerrada. Estás sol(…), como un perro, como Kafka dijo que murió Joseph K. “como un perro”, te gusta recordar ese sintagma porque quisieras morir como Joseph K., “como un perro”, lo repites en silencio mientras piensas en Kafka con su cuerpo endeble y subrogado, un cuerpo que no es casi cuerpo sino una suma de ristras enfermizas, restos de tejido adiposo y fibra rota a hilachas. Así imaginas a Kafka, un compuesto de tiras y lenguaje, junto a la ventana, mientras te pregunto por la posibilidad de lluvia. “¿Y qué llevas puesto?”, esa clase de preguntas serían demasiado fáciles, no es eso lo que quiero saber realmente, ni lo que tú me quieres contestar. Vamos, la lluvia podría amainar pero mi voz no, no podría dejarte, estás sujet(…) a esta voz para que se realice la operación por la cual serás transferid(…) a algún lugar más allá de la conciencia de tus límites. Y si algo es cierto es que quieres abandonar el contorno, caer fuera de ti y del archivo macerado de tus huesos, tu carne, tus órganos formados en sus distintas inflexiones. Dices que tienes sueño pero no te creo, aunque bosteces, aunque te lances hacia atrás en la silla: son solo las cuatro de la tarde, has dejado que esta voz entre, y eso significa que necesitas estar pendiente de alguien, bajo el control de alguien, a su merced. Estarás despiert(…) aunque finjas estar adormecid(…), aunque te ordene que cierres la persiana y te tiendas en el suelo boca abajo con los labios besando las baldosas y abraces sus junturas y cierres muy fuerte los párpados. Lo estás haciendo. Sientes el frío del suelo como una punción placentera. Ahora te digo: eres un esqueje, has de hincarte en la tierra, agujerearla para volver a ella. 

Y tú me crees.

Con las manos tocas el suelo como si pudieras abrirlo: lo estás abriendo, estás entrando en el pavimento. Debajo de las baldosas hay polvo pero no temes tragarlo, te cubres con él, lo extiendes sobre ti y te das lentamente, con esfuerzo, la vuelta. Ahora que te he sembrado en el suelo, dentro de la tierra, en el rellano de tu habitación oscura, abres los ojos hacia arriba y sueltas el aliento una vez, otra vez, otra vez y otra. Si respiras más rápido empezarán a rodearte las zarzas, y no hay nada que desees más que el roce de sus brotes, huraños y rasposos, contra tus piernas. Por eso respiras y respiras agitadamente, y en cada soplo avanza el follaje hasta que las zarzas circundan por completo tu cuerpo y, como plantas trepadoras, ascienden a lo largo de las extremidades y te atan hostilmente a la tierra. Así, amarrad(…)de pies y manos por las zarzas, acariciad(…)por ellas, inmóvil, empiezas a recordar aquella escena de la película que Coppola hizo a partir del Drácula de Bram Stoker en que Keanu Reeves era asediado por tres vampiras encima de una enorme cama. Eran bellas, ¿verdad?, con los colmillos largos, los pechos turgentes y el ansia de la sangre asomando en la mirada. Pero tú no, tú no vas a ser Keanu Reeves, ni las vampiras que lo rodean y le muerden, no vas a conocer el paroxismo, sino la tentativa, el conato: el placer inconcluso.

Tras las zarzas no vendrá ningún cuerpo, recuérdalo: estás sol(…), “como un perro”, indeclinablemente, sin otra compañía que la de esta voz que te cerca y te sitúa. Las plantas te presionan muy fuerte las muñecas y yo te pido que se lo agradezcas. Di “gracias” porque hay algo que te retiene y te agarra y te impide moverte. “Gracias”. Con serenidad y con firmeza. Más alto. Y ahora, más flojo. Sigue diciéndolo. “Gracias” Mirando hacia las zarzas. Sacudiendo el polvo de tus ojos. No te detengas. “Gracias por haberme hecho tirarme al suelo, gracias por haberme amarrado.” “Gracias por reducirme a ser un esqueje.” Nunca olvides que los esquejes son útiles para producir raíces, para hacer que se multipliquen las ramas. No necesitas otro cuerpo. Tú mism(…), aquí, podrás elevarte, podrás dividirte y fructificar. Ya sabes cómo funciona. Con tu materia seca y maltratada, como un mamífero que fue una vez furiosamente atacado por las pulgas y viste desde ahí sus cicatrices. Ah, la sequedad. La severa naturaleza de lo enjuto. Cuánto te gusta y cuánto te disgusta al mismo tiempo. Fronteriz(…) como eres, y manchad(…), todavía querrías volver a tocar lo vivo. Lo sé porque lo he leído en todos y cada uno de los movimientos tímidos, irresolutos que has hecho al ejecutar mis peticiones. Siempre hay la expectativa de que la puerta se abra. De que la voz deje de ser una entelequia vaporosa y tome piel y relieve, se lance sobre ti y te arranque la ropa. ¿Pero por qué debería suceder eso? Te he dicho que admitas la isolación del injerto, el tallo jactancioso que por sí solo puede hacer crecer algo. No de la nada. Sino de algo, de su propio cuerpo. Sí. Microscópica y macroscópicamente. Visible e invisible.

Probablemente hayas visto alguna vez el dibujo Mon coeur pleure d’autrefois de Fernand Khnopff. Alguna vez ese dibujo cubrió la portada de un libro de poemas. Recuérdalo atentamente. En él, una joven besa su reflejo en un espejo redondo de apariencia fantasma, que está, a su vez, diluido en un paisaje. El espejo recoge, además de la imagen de la chica, un fondo punteado y oscuro. Imagina que ese fondo soy yo. Tú eres apenas, ahora, el reflejo de la muchacha: medio rostro, en pleno proceso de concentración, dispuesto solamente a la tarea del beso. Piensa en el tacto imposible que demanda esa imagen, en su patente deseo de atravesar el cristal y tomar la superficie, la boca que es su trasunto. ¿No te parece más entregado al acto el reflejo que su dueña? Pues tú eres el reflejo, eres lo que queda atrapado. En cuanto al personaje real, más vale que lo olvides. Ahora no está aquí. Te exijo que lo separes de ti. Es verdad: quien mira el cuadro ve que del cuello de la chica se puede saltar hacia el puente, y del puente hacia el interior hueco de los edificios que la pintura insinúa. Pero tú no puedes. Porque estás encerrad(…) en el interior del espejo, y no ves nada más allá de ti. Flotante y condenad(…), “como un perro”, en ese acto de amor solícito que se concede sin poder alcanzar al otro, ni mirar siquiera lo que te queda alrededor. No preguntes por qué, ni maldigas. Pregunta más bien por qué no. El reflejo es hermoso y es único. Vive en un espacio, y eso no es poco. Lo único que necesita para existir es inclinación, perspectiva. ¿Acaso no es suficiente? Sabes que lo es. En salpicadura y en fusión consigo mismo, con sus devaneos y sus bisagras. Nunca se apaga: es imperecedero. La viva imagen del deseo, congelada en un plano.

Estoy de acuerdo contigo en que este ejercicio ha sido duro. Lo concedo. Por eso, me voy a permitir una pequeña debilidad: te confieso que llevo toda mi vida en lucha contra la idea del otro. No soporto al objeto; lo quiero desplazado, siniestro, al margen, lejano. Por eso te estoy castigando en estas escenas sucesivas, te estoy llevando al borde de su ausencia. Sin embargo, lo sé, no te molestes en decirlo: por negación o por omisión, el otro sigue existiendo, te atreverías a decir que incluso con más peso que aceptando que está presente. Lo sé, y, sin embargo, no eres tú quien habla en esta historia: soy yo. Por eso me he dado permiso para tratar de borrarlo y si ahora te contara una pequeña historia acerca de alguien que salió de casa una noche para encontrar al viento, ¿qué dirías? Pues verás, escúchame.

Alguien salió de su casa una noche para encontrar el viento. Recordó a Guy de Maupassant en El horla. Recordó a David Bowie con su voz categórica cantando Wild is the wind. Se recordó a sí mism(…) en pleno invierno, en el bosque, con el pelo revuelto girando hacia ambos lados, y una mano que estrechaba la suya con fuerza. ¿Una mano? ¿No sería más bien una garra?, se preguntó mientras cruzaba el primer semáforo, sonriendo.

Ese alguien había sido, en otro tiempo, expert(…) en cruzar los semáforos tambaleándose. A ciegas. Solía hacerlo porque era usual que se marease al intuir o sentir aproximarse a otras personas, a las que llamaba, comúnmente, “la turba”, para reducir lo múltiple a una sola, y segura, unidad. Por eso, acostumbraba a salir por la noche, cuando el peligro no iba asociado a la multitud sino a la sombra. Como Robin Vote en Nightwood. Porque de noche los otros no existen más que a retazos; de pronto se oyen cúmulos de pasos que se acercan y gritos de cinco o seis que se pierden al doblar una esquina, como un resto de sonido escapando de una cajita hermética. Y eso, desde luego, no es nada en comparación con el asalto de lo desconocido bajo el sol, que puede ser inesperadamente aberrante.

Si a ese alguien le gustaba la noche es porque durante años le fue dado el don de ocultarse tras la maleza y observar. No temía nada de esa maraña inexacta que se abre paso tras las ramas, al contrario que muchos de sus semejantes. El riesgo de la transfiguración era acogido por ese alguien con un gran entusiasmo. A veces, paseando por las calles de su ciudad, se sentía como Dorian Gray atravesando los tugurios londinenses en busca del pecado. Y pensaba en el pecado, pero no había pecado alguno. El alma de ese alguien no estaba garabateada y sucia, como la de Dorian; era neutra, batiente, como una puerta dentro de cuyo revestimiento de madera latiese un minúsculo corazón púrpura.

Pues bien, caminaba, caminaba con los pies enfundados en unos zapatos ¿viejos?, ¿sucios? o flamantes, pisaba el suelo con firmeza porque creía que se había citado con el viento, a quien aún no había tenido el privilegio de conocer. ¿Sería el viento o el señor o la señora de los vientos? No lo sabía. Pero iba a encontrarse con él al borde del mar, en un espigón de la playa donde solían sentarse los amantes o la gente sola, como ese alguien, a vaciar la mente escuchando los ecos del oleaje.

Dirás ahora que mi voz ha cambiado, que de pronto es tierna y porosa, ¿no es así? Una voz sensible, más sensible a los matices, una voz que se conduce y no te dirige. Está bien, puede que tengas razón. Si confías en mí tal vez olvides el resto: esqueje, reflejo, presa de las zarzas. Salvo que todo acabe teniendo un engarce y, una vez trabado, yo te abandone. ¿Lo temes? Todo puede suceder. Continúo.

Ese alguien llegó al espigón y detuvo sus pasos. Eran más de las doce, más de la una. Ya no había nadie allí; quedaban, más lejos, algunas personas rezagadas en la playa. Se sentó en el suelo, tiznándose de arena, y miró hacia arriba, por inercia, aunque sabía que el viento viene de todas partes. “Espera”, pensaba, con una sensación dulce en la lengua, como un ligero sabor a amontillado. La noche estaba calmada. Nada se movía; el agua corría en flujos armónicos, sin tropezar. Ese alguien se entretuvo persiguiendo las costuras de la ropa que había decidido vestir para su cita. Una ropa sobria, quizás definitiva. ¿Definitiva para qué? Para su encuentro, al que había destinado las fantasías de los últimos tiempos.

Porque ese alguien deseaba al viento. Su roce impersonal, un poco frío. Su modo de empujar los cuerpos y las telas, los objetos. Había imaginado cada sacudida, en una especie de viaje tumultuoso en el cual ese alguien, como una marioneta suspendida de los hilos, sería arrastrad (…), llevad (…) a algún lugar y a otro lugar, al fin. Al fin.

Parecía hermoso, ¿verdad? Aunque se tratara de un atentado contra la lógica. Si el viento hubiera llegado en ese momento, como si el viento pudiera llegar, ese alguien hubiera, sin duda, recordado los versos de Pessoa, es decir, de Alberto Caeiro: “solo por oír pasar el viento vale la pena haber nacido”. Tan leve. Tan piadoso. Un silbido cristalino, silbido de los cristales chocando con el propio cuerpo, la propia ¿alma? avellanada.

Pero el viento…¿llegó o no llegó? Debió llegar, aun en su forma simulada, falsa, compasiva. La forma en que las cosas se disfrazan para calmar la angustia de quien espera. Y ese alguien esperaba, esperaba. Con los versos de Caeiro, es decir, de Pessoa, preparados en la memoria. En el espigón, restringid(…) y livian(…), sin oponer resistencia, “como un perro”, exactamente igual que un perro, como murió Joseph K. Como tú querrías morir. Descampad(…) ya, ese alguien, clavándose en el suelo, percibía, muy despacio, cómo empezaba a soltarse, cómo y por qué, en su plácida crueldad, desaparece el mundo.


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