16 de marzo de 2016

Presentación de Macarena Areco* de "La Extravía"

La Extravía de Nina Avellaneda

Fotos de Nicolás Fazio

Estoy muy contenta de poder presentarles hoy este libro de una joven escritora, Nina Avellaneda, de una editorial que quizás podríamos llamar alternativa, Ediciones del desierto, además de provincia, de la Región de Atacama, porque esta publicación se enmarca en una prolífica y diversa producción literaria que hace ya unas dos décadas o más se está emprendiendo en nuestro país, la que, a mí me parece, es una muestra de una enorme vitalidad, de una necesidad de decir cosas uno mismo, que da cuenta de una democratización inédita, creo. Aunque quizás en los sesenta y en la UP, sobre todo, también la hubo, pero no había entonces las condiciones materiales para que las voces se expresaran en el papel, en estas cuidadas ediciones como ocurre ahora.

Entonces primero una idea del contexto, del campo cultural en el cual se inserta este libro de relatos de Nina Avellaneda, La extravía, que me parece, a estas alturas, un campo en permanente crecimiento, magmático, creativo.

Segundo, y en relación específicamente con el libro, quisiera, a partir de su polisémico título, plantear una lectura modesta, que quizás pueda servir de entrada a este texto, que, por otra parte, no quiero que imaginen que necesita de muchas explicaciones, puede leerse sin ideas previas, pero es mi trabajo hoy esbozar frente a ustedes mi lectura.

Y en ese sentido quiero partir diciendo que La extravía nos abre a una diversidad.

La vía, el núcleo de la frase nominal, la palabra principal de este paratexto, como diría Genette, propone una guía en el desplazamiento, un camino, pero no una vía recta, como decía Freud respecto a los sueños y el inconsciente, es decir principal, incluso única, sino una que se va por el lado o que quizás complementa la principal, incluso diría como un plus, pues extra puede significar un gran agregado, como la extra long cheeseburger de Burger King o la talla extra large (realmente traté de pensar en ejemplos más iluminadores, pero solo estos, populares y consumistas, vinieron a mi mente).

Supongamos el camino, que, contra los avisos de su madre, toma la Caperucita o el camino no siempre fácil de la Literatura que a veces seguimos en lugar de oficios mejor remunerados, más seguros.

Pero también la extravía nos remite a algo que redundantemente podríamos llamar la exterioridad de lo extra. O mejor, algo así como la extraterritorialidad de Steiner que Ignacio Echeverría achaca a Bolaño. Supongamos, entonces, por usar ejemplos cinematográficos, el mundo devastado que la pastilla roja hace ver a Neo en Matrix, o la zona prohibida y peligrosa a la que nos atrevemos a ser conducidos por el Stalker en la película de Tarkovski solo por la posibilidad de cumplir un deseo.

También me gusta cómo ha sido normalizada, gráficamente, esta otra vía en la portada de la novela, donde no ha requerido ni siquiera de un espacio en blanco y menos aún de un guión, para expresar la yuxtaposición, como si la extraterritorialidad ya fuese un derecho ganado, desde el principio.

Pienso en obras cuyos títulos hacen referencia a caminos y en relación a estas, las diferencias que nos propone el libro de Avellaneda: Calle mayor de Sinclair Lewis, respecto a lo cual hay aquí una apuesta quizás por la calle del lado, por la diagonal más nueva que invita a otros caminos y por otras vidas fuera de la cuadrícula principal. Por el camino de Swann en que Proust nos muestra el avance por un camino ya prefigurado, aunque inmediatamente se expresen la complejidad y diversidad de los caminos. La vía de Nina Avellaneda no propone pasar primero por lo conocido, el avance es siempre por lo paralelo. La Calle de dirección única de Benjamin, significando, creo, la inexorabilidad de la historia, en esos tiempos de oscuridad, frente a algo que desde el inicio ya asume la eventualidad de las sobre y multideterminaciones.

Por supuesto que con lo anterior no he querido decir que Nina Avellaneda supere a estos autores, solo intentar hacer una diferencia, un matiz, y una explicación de por qué esta literatura y en algún sentido toda nueva literatura es importante, en la medida en que alumbra un territorio siempre distinto, debido, diría, no tanto a la infinitud de los lugares o de las experiencias o, si se quiere, de los caminos, sino que más bien a la de la interpretación a la que infinitamente podemos someter a los significantes.

Entonces, querría hacer una propuesta de por dónde van, por un lado esta diversidad, y por otra este plus, este agregado en La extravía.

Primero respecto al género narrativo: lo que Nina Avellaneda nos presenta son cuentos, más precisamente diecinueve relatos conformando tres partes, pero son cuentos que no están aislados, que integran una cadena en que las historias se completan unas con otras. Por ejemplo la de Ana, a quien en una historia vemos como la amante de Irene, en otro regresando de México, en otro como amiga de infancia de Gabriel, en otra despertando en el departamento de Luisa.

Segundo, respecto al estilo literario (que también puede ser entendido como otra clase de género) que en este caso y en primera instancia me parece corresponde al realismo. Por ejemplo:

Irene se sienta en la orilla de la cama. Mientras Ana va por el café se dedica a observar rápidamente los objetos nuevos que hay en la pieza y los cambios de orden: todo está igual, excepto un montón de hojas blancas pegadas por todos lados. Tienen kanjis japoneses y recordatorios: “comer lechuga Serotonina”, “escribir Manuel junta”, “viernes 8:30 La profecía”.
Y ¿cómo has estado?, pregunta Ana. Trabajando, cosiendo, lo mismo de siempre. ¿En la bencinera todavía? Sí, todavía. Y tú, ¿cómo estás? No sabía si era buena idea pasar a esta hora, pero como tú te levantas temprano y como, además, en un rato entro a trabajar no quise devolverme a la casa: me voy a ir directo de acá (29).

Pero aquí aparece el plus, en la medida en que varios momentos mutan a lo fantástico, como cuando Camila, la arrendataria ejemplar por compulsiva limpiadora, desaparece pareciendo que nunca hubiese existido, en el cuento “Un departamento seminuevo”

En tercer lugar, y para esto también me sirve este relato sobre los peligros del aseo profundo, el humor, que nos permite, satíricamente, reconocer nuestra cotidianidad a veces estúpida, pero también distanciarnos de ella, reflexionar acerca de los intrincados modos en que nos hemos ido orientando por un determinado camino y quizás pensar en los no tan complejos (o, al menos, menos complejos de como los imaginamos) de salirnos de esas especies de laberintos en que nos hemos encerrado.

Y por último la poesía, pues si bien La extravía es una obra narrativa, un conjunto de relatos, como decíamos, no pocas veces el modo de contar la historia deviene algo más o algo menos que el contar, como ocurre en:

No quería salir, pero le daban palos, palos para que saliera, palos para que se emborrachara. Mucha ocasión de cama, mucho cuerpo joven listo para sudar con ella. Tenía al diablo columpiándose adentro, con un ramo de flores descompuestas entre los dientes y un zumbido de insecto en el corazón. Tenía al diablo soplándole palabras en el sueño, en el oscuro viento inmóvil. (19).
O en:

Los fantasmas no levitan, caminan, como cualquier otro, como tú en este caso. Se sientan en la cama, miran la televisión, revisan sus correos y cuentas personales esperando que una noticia lo cambie todo, lo de siempre, pero hacer click en “Recibidos” más de cien veces no trae más que cierta descomposición bajo la ampolleta.


Y a modo de coda: no quiero hablar respecto a la diversidad sexual porque pienso que la otra presentadora sabe mucho más que yo de eso, y no quisiera equivocarme. Pero sí mencionar que ésta forma parte de un conjunto de diversidades que ya están presentes en el sugerente título de La extravía y que he intentado, someramente, desarrollar en estas breves páginas.

*Macarena Areco Morales (Viña del Mar, 1967) es periodista, licenciada, magíster y doctora en Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha publicado una treintena de artículos en revistas especializadas y en volúmenes de ensayo sobre narrativa chilena e hispanoamericana del siglo XX y reciente, en particular sobre la obra de Roberto Bolaño y de otros autores chilenos de los últimos años y sobre ciencia ficción. Ha organizado y participado en diversos encuentros académicos nacionales e internacionales y ha liderado tres proyectos de investigación sobre estos temas. Actualmente se desempeña como profesora en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. 

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